Inmigración, integración y cultura

Suecia, Abril, Víctor Montoya.-Suecia no es más lo que era antes, pues en los últimos cincuenta años, tras la llegada de los inmigrantes y refugiados, se ha convertido en una nación multilingüe y multicultural, cuya diversidad ha modificado no sólo la fisonomía de su población, sino también algunos valores que antes se consideraban inmutables. Todos -o casi todos- tienen en sus venas la sangre del "otro", de ese "otro" que hoy se llama "inmigrante", y a quien, en épocas de depresión económica, se lo convierte en la percha de todos los males que golpean a la sociedad.

El libro "Invandring, en svensk kulturhistoria" (Inmigración, una historia cultural sueca, 1992), de Ingvar Svanberg y Mattias Tydén, proporciona datos rigurosamente documentados, que sirven para encarar la actual política de integración y, sobre todo, para recordarles a los xenófobos que no existe cosa más peligrosa que ser arma de doble filo, y para recordarnos a nosotros mismos, como inmigrantes, que una cosa es la franqueza que delata una sonrisa y otra muy distinta la sonrisa de la hipocresía, pues cuando hablamos genéricamente de la actitud de los suecos; de si están con los pobres o con los ricos, con los que matan o con los que mueren, casi nunca hablamos de quienes no están ni con los unos ni con los otros. Es decir, de ésos que nos dan la mano de frente y el golpe de traición por la espalda, de ésos que se hacen los "demócratas" y "solidarios" delante de las cámaras de la televisión y, una vez amparados en el anonimato, redactan cartas de protesta contra la inmigración, poniendo de manifiesto su más recalcitrante xenofobia contra el extranjero, a quien, en el fondo, lo consideran una escoria social.

Esta conducta de doble moral, desde luego, recuerda a ese cuento cínico que dice: "Había una vez una madre blanca que no era racista contra los negros, hasta el día en su hija llegó a casa con uno de ellos...". Hablo de ésos que desconocen su propia historia, de ésos que se ufanan de pertenecer a una "raza superior", olvidándose que Suecia, desde la Edad Media, ha sido una nación de inmigrantes.

Datos históricos para refrescar la memoria

Según Ingvar Svanberg y Mattias Tydén, tanto la historia como la arqueología demuestran que los pueblos del pasado vivieron como nómadas, desplazándose de un lugar a otro, de Oriente a Occidente, de Sur a Norte y viceversa, hasta que lograron conformar un complejo mosaico de poblaciones que se establecieron en determinados territorios, donde fundaron las naciones en torno a la creación de la propiedad privada y el Estado. La inmigración y la interrelación entre pueblos existió desde siempre. La ciudad vikinga de Birka, por ejemplo, mantuvo relaciones comerciales con los pueblos eslavos, y en el año 1000, cuando sus habitantes eran convertidos del paganismo al cristianismo, entraron en contacto con los misioneros ingleses y alemanes, quienes trajeron consigo no sólo una religión distinta a la que se practicaba en Escandinavia, sino también nuevas costumbres de vida.

Durante el siglo XVII y XVIII, los inmigrantes contribuyeron decisivamente al desarrollo industrial y vitalizaron la vida cultural de Suecia. Los inmigrantes levantaron iglesias y edificios, puentes y canales; es más, la inmigración no sólo contribuyó a la arquitectura, pintura, artesanía, sino también al arte culinario, que incluso enriqueció su léxico con palabras extranjeras. De modo que a lo largo de la historia hubo influencias recíprocas entre suecos e inmigrantes, sin cuya consideración sería difícil comprender la formación y la transformación de este país escandinavo, que, así como en 1363 tuvo una reina de origen belga, tiene en la actualidad una reina brasileña-alemana; todo esto sin contar que, en la Edad Media, el primer alcalde de Estocolmo, dominado política y económicamente por inmigrantes, fue el alemán Heinze van Heden, y los primeros profesores de Universidad de Uppsala (1477) fueron, entre otros, el filósofo holandés Johannes de Mechel y el astrónomo alemán Petrus Astronomus.

Al cabo de la Segunda Guerra Mundial se importó "mano de obra barata". La industria necesitaba fuerzas de trabajo y los inmigrantes pasaron a formar parte de la economía de este país. Por entonces, todos parecían haber olvidado la perorata de conservar la "pureza racial"; lo único que importaba era la seguridad social y el bienestar económico. Así que la primera generación de inmigrantes fue recibida con los brazos abiertos. Ellos fueron los obreros de la industria pesada, los empleados dedicados al aseo y al cuidado de los ancianos. Después llegaron los refugiados políticos que, a diferencia de los refugiados económicos, traían consigo un bagaje cultural amplio, una tradición de lucha y un nivel educativo que estaba por encima del "medel Svensson" (sueco medio). No obstante, en la medida en que se han producido cambios sustanciales en la economía sueca, se han agudizado también los problemas sociales, cuyas consecuencias inevitables se expresan en el aumentó de la desocupación, la segregación social, la criminalidad y la xenofobia contra el extranjero.

Un vistazo al panorama multicultural de la capital sueca

En los barrios marginales como Fittja, Rinkeby o Tensta, están concentradas las minorías étnicas que, ya sean por motivos políticos, religiosos o económicos, residen en la Venecia del Norte, un territorio bajo cuyo cielo van forjando el sueño de sus vidas y el futuro de sus hijos, en medio de una explosión multicultural que hace de esta ciudad anfibia algo más que una simple tarjeta postal aislada en el techo del mundo.

En Tensta se ven a mujeres que visten con los indumentos típicos de sus países de origen, a niños que juegan sin importarles la religión ni la raza del amigo, a hombres que se comunican con las manos y los gestos. En ninguna otra zona de Estocolmo se ve tanta maravilla concentrada en una misma plaza; no al manos a esas hermosas mujeres de color maní, que andan barriendo el aire con la cadencia de sus caderas, como las bailarinas que aprendieron a usar el cuerpo al compás de la música.

En esta zona periférica de la ciudad, a nadie parece incomodarle que una mujer vista con chilabas, velos, túnicas, polleras, pantalones o minifaldas, puesto que lo más importante no es lo que se lleva sobre el cuerpo, sino lo que se lleva en el corazón y el pensamiento. Todos parecen coincidir en la idea de que los prejuicios sociales, raciales y sexuales son un producto de la ignorancia y la falta de tolerancia, sobre todo, cuando se sabe que lo esencial no está en que uno sea musulmán, cristiano, budista, ateo o judío, sino en el principio elemental de que cada cual tiene derecho a vivir en paz y en armonía con sus semejantes, sin que se impongan reglas, ya sean políticas o religiosas, con el pretexto de controlar la "conducta peligrosa" de ciertos individuos y el orden social de la vida ciudadana.

Estocolmo es -y será- una ciudad multicultural, cuyos habitantes de origen extranjero, más que constituir una decoración exótica en las plazas de la ciudad, son un valioso recurso para el progreso socioeconómico de este país que, definitivamente y desde hace tiempo, dejó de ser una pequeña provincia para convertirse en una metrópoli digna de ser comparada con cualquier otra capital europea.

¿Quién es extranjero y quién no lo es?

Cuando el ciudadano común habla de los inmigrantes, se refiere a quienes tienen problemas sociales y laborales, excluyendo de este grupo a los "inmigrantes privilegiados", quienes, además de no vivir en las zonas marginales, han sido aceptados y reconocidos por la sociedad sueca, como es el caso del escritor Theodor Kalifatides (de origen griego), el médico de cáncer Jerzy Einhorn (de origen polaco-judío), la ex-ministro de justicia Laila Freivald (de origen letonio) y la pléyade de artistas de origen extranjero que hoy representan a Suecia en el mercado internacional. Tampoco es casual que varias de las personalidades suecas tengan un apellido que suena extraño, como es el caso de Guillou, Dabrowski, Pagrotsky y un largo etcétera.

El "invandrare" (inmigrante) no sólo es aquél que habla el sueco con una fonética extranjera o es pelinegro, sino también aquél que, a pesar de haber nacido en Suecia y pronunciar el idioma sueco con fluidez, tiene padres de origen extranjero, aunque éstos no tengan necesariamente la "cabeza negra" ni las costumbres de una "cultura extraña". Entonces surge la pregunta: ¿Quién es más extranjero entre los extranjeros y quién es más sueco entre los suecos? Esta pregunta, por su propia naturaleza, es motivo de controversias y nos remite al análisis de las relaciones genéticas o consanguíneas entre los individuos que conviven en un mismo territorio. Pero como aquí no estamos para "hacernos los suecos" ni enfrascarnos en polémicas estériles, lo mejor será aclarar desde un principio que lo único que se exige es que se respete nuestra condición de ciudadanos, con derechos y responsabilidades, indistintamente del color de la piel y la diversidad de los apellidos. Más todavía, lo que aquí está en juego no sólo es nuestro presente ni el futuro de nuestros hijos, sino también la decisión de quienes, a pesar de todo, decidieron quedarse aquí de una vez y para siempre.

El eufemismo de "nosotros" y "ellos"

Ya es hora de acabar con los eufemismos de "nosotros" (los inmigrantes) y "ellos" (los suecos), y empezar a analizar estas definiciones desde una perspectiva socio-política, ya que los inmigrantes, debido al rol específico que desempeñan dentro del sistema de producción de tipo capitalista, pertenecen, en su gran mayoría, a la clase trabajadora y, en menor escala, a la clase media intelectual. De ahí que los inmigrantes, al no ser una clase social en sí, separada de las demás, no podrán constituirse en clase para sí ni forjar un partido político que refleje exclusivamente sus reivindicaciones; por el contrario, los inmigrantes deben hacer eco de sus reivindicaciones en el seno de los partidos políticos dispuestos a mejorar las condiciones de vida tanto de los inmigrantes como del resto de los trabajadores, en virtud de que la discriminación y el racismo están asociados al malestar económico que sacude los cimientos de una sociedad cada vez más injusta y competitiva, indistintamente de las razas, culturas o nacionalidades. Asimismo, para evitar un país escindido entre "nosotros" y "ellos", es importante respetar la diversidad, pues la solución de los problemas que aquejan a Suecia no radica en la expulsión masiva de los inmigrantes, sino en la aplicación de una política de integración que les permita participar más activamente en todos los niveles de la vida política, económica y sociocultural.

La miopía de los políticos y el dilema de la integración

Los políticos y estadistas, acostumbrados a echar la culpa de sus tropiezos al empedrado, se empeñan en ver sólo problemas en las zonas marginales de las grandes ciudades, olvidándose de que la inmigración, más que ser una carga, es un recurso invalorable, pues no es casual que desde hace siglos haya contribuido a levantar los cimientos del bienestar social de este país. Con todo, para nadie es desconocido que los inmigrantes, a pesar de los esfuerzos que realiza el gobierno por integrarlos en la sociedad, sean tratados como una "carga social" y vistos con muchas reservas por los nativos. El mercado de trabajo no les reconoce sus méritos ni conocimientos, mientras la policía, de un modo general, tiene una actitud discriminatoria contra el inmigrante.

En tales condiciones, cómo se puede hablar de "integración", si la demagogia de los políticos olvida que en cada zona marginal existe un alto porcentaje de desocupados e inmigrantes, cuyo único contacto con la sociedad sueca es a través de sus hijos o nietos. Con todo, el caso llega al extremo cuando los políticos, que en otrora se llamaban "solidarios" e "internacionalistas", hoy están dispuestos a cerrar las puertas a los inmigrantes provenientes de otros continentes, amparados en las resoluciones discriminatorias adoptadas por la Unión Europea. Dicho de un modo claro y conciso, esta política restrictiva, que no llegó a conocer Olof Palme y que tiende a levantar muros contra el pluralismo y la diversidad, es una amenaza no sólo contra la inmigración, sino también contra los principios más elementales de los Derechos Humanos, puesto que si se quiere conservar la libertad, debemos defender la diversidad en una Europa abierta, no uniforme ni cerrada, en una Europa donde las decisiones que se tomen para los ciudadanos no sean decretadas sin antes consultar a los mismos ciudadanos a quienes representan, en una Europa donde todas las comunidades tengan los mismos derechos y posibilidades, y no sean marginadas ni eliminadas por el poder de los más fuertes.

Los inmigrantes empujan la rueda de la historia

Los inmigrantes, sin desprenderse de su propia identidad cultural ni olvidar su idioma materno, hacen que Suecia adquiera mayor dinamismo social y sea cada vez más tolerante con los extranjeros, quienes, desde el seno de sus propias organizaciones locales y nacionales, están dispuestos a cooperar en el mejoramiento de la convivencia ciudadana, puesto que la tolerancia es el mejor antídoto contra los prejuicios raciales y contra las fuerzas reaccionarias que ponen en duda los principios elementales de la democracia y los valores intrínsecos de una sociedad humanista, pluralista y multicultural.

Por suerte, de nada sirve que los epígonos del nazismo y el nacionalismo intenten frenar el proceso de integración y volver la rueda de la historia. ¡No, señores! ¡Lo que está hecho hasta aquí, hecho está!. Ahora sólo queda seguir empujando la rueda de la historia, cuyos protagonistas principales son, entre otros, los inmigrantes que decidieron quedarse a vivir en este país, donde, según las tablas estadísticas, existen más de un millón y medio de personas de origen extranjero, que integran un enorme mosaico multilingüe y multicultural, así los escépticos repitan la perorata de que "no es tiempo de arar en el desierto ni pedir peras al olmo".

La historia contemporánea de Suecia es irreversible, por mucho de que los enemigos de la inmigración e integración se nieguen a aceptarlo, aduciendo que se debe conservar "Suecia para los suecos". Sin embargo, quienes estamos convencidos de que las sociedades se modifican permanentemente, estamos en el deber de aclarar que la inmigración, más que ser una carga económica para el país, es un recurso positivo desde todos los puntos de vista, aparte de que la diversidad cultural nos enriquece a todos. Por lo demás, estamos en la obligación de resguardar los principios más elementales de la democracia y la convivencia ciudadana, cuya tolerancia es el mejor antídoto contra la discriminación y el racismo.