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POETAS MALDITOS

 El francés Paul Verlaine escribió un libro de ensayos sobre los poetas malditos.


El francés Paul Verlaine escribió un libro de ensayos sobre los poetas malditos.

Bolivia, Víctor Montoya

Conozco a algunos “poetas malditos” que, como castigados por un delirante destino, beben sus versos en toneles de licor, como paisanos que se entregan al amor ciego, incluso a riesgo de caer en el fango del dolor o perder la vida de un modo insólito. Sé que el desprecio y la incomprensión minaron sus existencias, aunque ellos no se dejaron apabullar por los dimes y diretes, conscientes de que toda forma de libertad tiene un precio y que la poesía no tiene la función de reflejar la sociedad sino de subvertirla.

No revelaré sus nombres, no viene a cuenta ni creo que sería de su agrado, pero tomaré sus experiencias para reflexionar en torno a la conducta de los llamados por sus pares “poetas malditos”, quienes, independientemente de su genialidad y talento, son marginados por sus contemporáneos y casi nunca reconocidos en vida; especialmente si llevan una existencia bohemia, desarrollando un arte provocativo y rechazando las normas establecidas por los convencionalismos sociales y los cánones políticamente correctos.

Los “poetas malditos”, en honor a su consagrado apelativo, son bohemios empedernidos, que declaman sus versos con el corazón en la boca, mientras el tufo del alcohol y el humo del cigarrillo rompen en pedazos la tertulia de amigos, donde todos comparten la ley de beber noche y día, hasta quedar hechos lona, agotados de empinar el codo y besar el gollete de la botella; al fin y al cabo, comparten más o menos una misma historia personal: no tienen familia, trabajo ni bienes inmuebles, por asumir la pose de antihéroes, hasta terminar, en algunos casos, tirados en la miserable intemperie.

Los “poetas malditos” son dueños de todo y de nada. Sus versos son el cante jondo de su alma herida y un grito de pavor bajo el manto estrellado de la noche. Su poesía es tiempo comprimido como sus vidas, más comprimido todavía si, en lugar de dedicarle más tiempo a la escritura, optan por el camino del suicidio tras un síndrome de abstinencia, que los sumerge en una profunda depresión y melancolía.

Los “poetas malditos” tienen una genialidad al borde de la locura, una lucidez verbal que logra desnudar el lenguaje y una honestidad a prueba de balas, que les permite revelar los secretos de la vida, el amor y la muerte; a veces, recluidos en la soledad, dándole duro a la máquina de escribir y combinando sus largos períodos de aislamiento con botellas de aguardiente, soportan los flagelos de su cotidianeidad, invocando a la muerte como si se tratara de una encumbrada dama, a quien ruegan concederles la paz en el territorio de los difuntos.

Los “poetas malditos”, por antonomasia y legítimo derecho, son raras avis, controvertidos y periféricos. Están en contra de la lógica formal, la disciplina y el refinamiento burgués. No en vano son retratados como desiguales respecto a la sociedad, con vidas trágicas y entregados con frecuencia a tendencias autodestructivas; todo esto a despecho de sus dones literarios, cuyo lenguaje poético transgrede las fronteras de lo convencional. Escriben a espaldas de la cultura oficial y hasta atentan contra la moral pública. Se mueven en los márgenes de la literatura, en los extramuros de la convención social, alejados siempre de la ortodoxia de escribas dóciles y escribanos de medio pelo.

“Les Poètes maudits” (Los poetas malditos), el libro de ensayos escrito por el francés Paul Verlaine, cuya primera edición data de 1884, es el que mejor define a los poetas hechos de bohemia y excesos, cuando dice que el genio de cada uno de ellos es también su maldición, pues los aleja del resto de las personas de costumbres atávicas, llevándolos a acogerse en el hermetismo y la autodestrucción como formas de existencia y escritura.

El concepto de Verlaine sobre el “malditismo” fue tomado de “Bendición”, poema de Charles Baudelaire, que está en el inicio de su libro “Las flores del mal” (1857), donde se sugiere que los “poetas malditos” son como los desequilibrados mentales que, además de depresivos y melancólicos, sólo pueden vivir en absoluta libertad, entregados a una existencia autodestructiva que, tarde o temprano, los induce hacia submundos parecidos a los avernos de Dante.

Sin embargo, su poesía, inspirada en su propia realidad existencial, transmite los vericuetos de sus sentimientos más profundos y profanos, que son criticados por los defensores de las buenas costumbres ciudadanas y los académicos que abogaban por una escritura propia de los salones literarios, donde no siempre se rescata la locura como fuente de creatividad y mucho menos las ideas irreverentes que, aparte de ser las llaves que abren las puertas del mundo mágico de las palabras, sirven para cosechar las ideas revolucionarias de una época.

Los “poetas malditos”, que se tornan en los personajes de sus propias obras, son tripulantes de una “nave de locos”, donde todos o casi todos viven a la deriva entre nubes de cigarrillos y oleajes de alcohol, lejos del cuerdo razonamiento y apartados de los códigos moralizantes de una sociedad hecha a golpes de normas y leyes preestablecidas por los poderes de dominación. Algunos de ellos, que allanan los caminos por los que luego transitan los sabios y eruditos de las ciencias humanas, atracan en los puertos del pecado y pronuncian discursos desafiantes contra las leyes divinas.

Estos poetas de pensamientos incendiarios, que escriben entre la locura y la lucidez, son los apóstoles que empujan los carros de la historia de la literatura, no sólo porque son hábiles en el manejo del lenguaje, sino también porque están liberados de los chalecos de fuerza impuestos por una sociedad conservadora y retrógrada, que escucha más a los prelados del ámbito religioso que a los filósofos que convierten el libre albedrío en una admirable virtud.

Los “poetas malditos” saben que su oficio consiste en captar el instante poético, donde el principio y el final no sólo se unen sino que se funden. Las palabras que casa el poeta no las separe el lector, salvo la misma respiración del poeta, quien hace un alto entre verso y verso, para echarse otro trago y aliviar la resaca. No cabe duda de que son rebeldes en la actitud y el verbo, escriben poemas exentos de métrica, rima y aliteración; en ellos, los versos breves, lacónicos, cargados de ironía, humor y reflexión, son como relámpagos que iluminan las penumbras del alma y aguijones que penetran en la mente del lector.

Los “poetas malditos” son conscientes de que la palabra tiene un poder trascendental cuando ésta es manejada por la destreza idiomática de quien aprendió a domar al lenguaje como a un potro salvaje, dejando de lado los artificios que tienen que ver con lo fónico, semántico y sintáctico del verso.

Ellos aprenden a sintetizar en pocas palabras las situaciones más difíciles, a economizar el lenguaje para simplificar las expresiones complejas, explayando siempre un lenguaje lúdico que, una vez convertido en metáforas de hondo sentimiento, calan como sables en la conciencia y los instintos naturales del individuo, que busca avivar su sed de amor o mitigar la pena de un amor perdido.

Asimismo, como respuesta a la métrica de la poesía clásica, que está llena de figuras de dicción y resonancias musicales, insisten en practicar el verso libre, convencidos de que la musicalidad no es un recurso suficiente para expresar todo lo que los sentidos percibían de la realidad, antes de que ésta sea transformada en poesía viva o en “antipoesía”.

De un modo general, no están acostumbrados a manifestar sus pensamientos y sentimientos de manera indirecta, sugerida, disfrazada; en esto se diferencian de quienes, creyendo hacer una poesía figurativa y altamente estética, suelen escribir con circunloquios, evitando no herir la sensibilidad ajena ni contradecir el consabido precepto de que una poesía sin ritmo no es poesía.

Valga señalar que la mayoría de los “poetas malditos” son autores de una obra proteica, olvidada y, no pocas veces, menospreciada y vilipendiada, pues no sólo se enfrentan a un entorno hostil, sino también a las críticas de los doctores de la literatura. No obstante, por muy tarde que lleguen a la cita con la historia, sus obras, en algunos casos dispersas y escasas, tienen la fuerza de salir de los sótanos oscuros de la indiferencia y emerger a la luz de la superficie, como una prueba contundente de que todo lo que es bueno y auténtico, más que acabar soterrado, está destinado a sobreponerse a los polvos del olvido y al paso del tiempo.


LO “FEO” Y LO “BELLO”

Ser blanco a cualquier precio es la respuesta a la discriminación racial

Ser blanco a cualquier precio es la respuesta a la discriminación racial

Víctor Montoya, Bolivia.-

En una sociedad de desenfrenado consumo, competencia y superficialidad, el culto a la anatomía humana es cada vez más evidente a través de las dietas milagrosas, la proliferación de gimnasios y las operaciones estéticas. Tanto hombres como mujeres adquieren productos cosméticos y practican deportes para mantenerse en forma, como manifestando que valoran más su cuerpo que su salario y anteponen su rostro a su cerebro.

Pero, en realidad, ¿qué es la belleza? Un fenómeno subjetivo e individual, relacionado con los valores estéticos de una cultura determinada, pues lo que es “bello” para unos, puede ser “feo” para otros. Si para los griegos antiguos era bello el físico musculoso de un hombre, para los chinos eran bellos los pies atrofiados de una mujer; si la piel lozana es bella para los franceses, la piel labrada y horadada es bella para los beduinos del desierto. Es decir, las apreciaciones de la “fealdad” y la “belleza” dependen de la escala de valores estéticos que prevalecen en cada época y cultura.

Así, en Occidente, los atributos de belleza están relacionados con los ojos grandes, la nariz recta, los labios delgados y el pelo lacio. Y quienes nacen desprovistos de estos rasgos, no tienen otro remedio que vivir maldiciendo o someterse al bisturí del cirujano, un verdadero artista que crea una nueva imagen sobre la base de una materia noble aún no inventada. Y si la persona, que se sometió a esta carnicería humana, no se reconoce frente al espejo o se siente vivir como embutida en pellejo ajeno, será mejor que se quite la vida de un tiro o se lance al precipicio, porque la cirugía estética, que jamás podrá contra la muerte, no garantiza el cambio sustancial de la personalidad humana, como no define lo que es “feo” ni lo que es “bello”.

Desde que los japoneses se operaron los ojos para parecerse a los occidentales y Michael Jackson decidió dejar de ser negro para convertirse en el precursor de un mestizaje perfecto, son miles ya los adolescentes que llegan a los quirófanos con la fotografía de su ídolo en la mano, para que el cirujano haga en ellos un milagro. Sin embargo, lo que desconocen estos adolescentes, que padecen del síndrome de Michael Jackson, es que su ídolo pertenecía a una “raza inferior” en una sociedad competitiva, en la cual una persona negra, gorda y vieja era más discriminada que una persona blanca, joven y esbelta.

De modo que los estereotipos de lo “feo” y lo “bello” están asociados a la discriminación racial y a la supuesta “supremacía” del hombre blanco. No es casual que desde la colonización de América, Asia, África y Australia, prevalezca el criterio de que la “fealdad” es sinónimo de negro, indio, gitano, judío o árabe. Por lo tanto, en una sociedad cuyos parámetros estéticos están impuestos por los modistas y estilistas de Occidente, el negro tiende a ser cada vez más blanco y el blanco cada vez más perfecto; es más, se vuelve a hablar de la “biología racial” como en los tiempos del nazismo alemán, que propagó la teoría de que la raza aria no sólo era la más bella, sino también la más inteligente y perfecta.

Como si fuese poco, no faltan quienes exaltan la “supremacía” y “belleza” de la raza blanca, arguyendo que la mujer rubia -piernas largas, nalgas redondas, pechos firmes, labios sensuales y ojos seductores- sigue siendo la mujer ideal con la que sueñan la mayoría de los hombres, sobre todo, en los países del llamado Tercer Mundo, donde las blancas son más cotizadas que las indias o negras; primero, debido a las condiciones socioeconómicas impuestas por una minoría blancoide desde la época de la colonia; y, segundo, debido a la discriminación racial y al complejo de inferioridad que sobrevive en el subconsciente colectivo de las culturas colonizadas.

La escala de valores estéticos preestablecidos, más que hacer un bien a la colectividad, daña la autoestima de las personas que se sienten “feas” por ser gordas, negras o bajas; habida cuenta de que el estereotipo de la mujer “bella” es sinónimo de esbelta, rubia y alta; un parámetro que permanece vigente desde la época de la colonia, en la que se forjó la idea de que los blancos eran los salvadores de la humanidad y los indios los culpables de todos los males.

Del colonialismo se heredó también el prejuicio racial de creer que el “blanco” es mejor que el “negro” y que el “gringo” es mejor que el “indio”; valores relativos que los epígonos de la biología racial se han ocupado de universalizarlos como verdades absolutas, ya que si miramos nuestra realidad con otra lupa es probable que encontremos a una gringa “fea” y a una india “bella”. Todo dependerá de los gustos estéticos que se manejen, porque así como a unos les gusta una “gordita”, a otros les apasiona una “flaquita”; tampoco faltan quienes prefieren a las mujeres hechas a golpes de silicona y cirugías estéticas, porque como bien dice el sabio proverbio: “Sobre gustos no hay disgustos”.

Por consiguiente, valga aclarar que el concepto de lo que es “bello” y lo que es “feo”, más que ser una valoración compartida por todos, es una imposición arbitraria de las corrientes de moda, que establecen lo que es “bello” y lo que es “feo”, como los padres del moralismo trasnochado repiten lo que es “bueno” y lo que es “malo” en la conducta de una persona sujeta a determinadas normas ético-morales.

Si antes las mujeres se sometían a un tratamiento especial para estirarse la piel de la cara, replantarse los cabellos perdidos o eliminar las grasas del cuerpo; ahora, cuando se ha puesto de moda la “tetomanía” -estoy pensando en Dolly Parton- y los vestidos que marcan, no basta ya con tener la piel tersa como la porcelana o la cinturita de avispa, sino también las nalgas de Jennifer López, las caderas de Shakira y los pechos de Pamela Andersen, cuyas figuras se han convertido en los tótems de nuestro tiempo.

El otro prototipo perfecto es Marilyn Monroe, la rubia de ojos azules y voz trémula de niñita mimosa, cuya belleza, deslumbrante como una estrella, le abrió las puertas de Hollywood, donde interpretó papeles turbulentos, hechos a la medida de su propia vida, tan desastrosa como otras vidas que jamás se cuentan en público, que no se leen en revistas ni periódicos, pero que existen en el silencio y el anonimato, entre las mujeres quesueñan en parecerse, tanto en el rubio platinado de su pelo como en el fulgor de su belleza, a Marilyn Monroe.

Este síndrome colectivo, además de representar el menosprecio y la discriminación racial contra las razas no occidentales, ha creado una inseguridad personal en las mujeres que, en su intento por parecerse a las muchachas de pasarela, cuyas medidas son 96 cm. de busto, 46 cm. de cintura y 86 cm. de caderas, deciden transformar su cuerpocon la ayuda de la cirugía estética, que les agrega lo que les falta y les quita lo que tienen de sobra.

El cuento de Blancanieves y su madrastra perversa, no es más que un alegato de quienes, superado el meridiano de su vida, tienen el deseo de conservarse jóvenes a cualquier precio, puesto que la vejez, reflejada en el espejo, es más temida que el fantasma de la muerte. Quizás por eso la madrastra de Blancanieves, que vivía atormentada por la juventud y belleza de su hijastra, se consolaba preguntándole al espejo de su alcoba: “Espejito, espejito, ¿quién es la más bella de este reino?”. El espejo le mentía y contestaba: “Tú, mi reina…”.

Por suerte, la mujer moderna puede sobrevivir al dilema de la madrastra de Blancanieves, pues no necesita ya avergonzarse de su apariencia física ni poseer un espejito que le mienta. Si no se siente a gusto consigo misma, puede someterse al filo del bisturí y operarse la cara con la misma facilidad con que se opera los senos, los glúteos y las celulitis de las piernas, ya que el avance estrepitoso de la cirugía estética le ofrece la posibilidad de parecerse al juguete de su infancia, a esa mujer rubia y esbelta que responde al nombre de Barbie, la muñequita que se vende en más de 140 países y constituye el juguete predilecto de las niñas del Tercer Mundo, al menos si la comparamos con Matina Patina Patina, Li’l Miss Sirenita, Olly Pocket y Pottajonta.

Ante esta realidad, que parece confirmar la tesis de que las relaciones humanas giran más en torno a la anatomía que a la economía, son cada vez más las mujeres que se elevan las nalgas o se aumentan las mamas con prótesis de silicona que, por desgracia, a veces revientan como globos o quedan desproporcionados con relación al peso y la estatura. Pero como esto parece no importarle a nadie -y menos a quienes se dan el lujo de pagar una cirugía estética con dinero contante y sonante-, sigue aumentando la ola de señoras que se ponen la mano al pecho y calculan su valor.

Y mientras son miles quienes aguardan su turno para pasar por el mágico bisturí de la cirugía estética, y las encuestas revelan que los hombres -además de haber desbaratado el dicho popular: “Un hombre es como el oso, mientras más feo,más hermoso”-dedican tanto tiempo como las mujeres al cuidado de su figura; en tanto la cirugía estética, convertida en un negocio millonario, sigue avanzando a contrapelo de la teoría darwinista sobre la evolución y selección natural de las especies, puesto que es capaz de trastocar las leyes de la naturaleza y cambiarles a los humanos la cara y el cuerpo, como si con esto se quisiera hacer de los hombres más hombres y de las mujeres más mujeres, aun sabiendo que la belleza no es aquello que se lleva por encima, sino aquello que se lleva por dentro, y que la felicidad plena de una persona no está en la belleza ni en la riqueza.

Lo cierto es que el mundo de la biología se encuentra en su fulgurante desarrollo, y esto implica tener un nuevo concepto en el orden científico y ético, pues no sólo se cuenta con una cirugía estética funcional, sino también con una alta ingeniería genética que reproduce niños probetas, con espermas donados y úteros alquilados. En síntesis, si es posible concebir mediante una inseminación artificial, entonces es más simple modificar las facciones de quienes viven aquejados por su fealdad y una verdadera esperanza para quienes prefieren morir transformados pero contentos.

Por lo demás, queda claro que en toda sociedad superficial y competitiva, donde reina la discriminación y el racismo, tiene mucho más valor la apariencia física, el bienestar económico y el estatus social de una persona, que los valores humanista de quienes, lejos de los estereotipos de lo “bello” y lo “feo”, se empeñan por construir un mundo donde todos se miren con la misma lupa y se midan con la misma vara, a pesar de las diferencias sociales, culturales, raciales, políticas y religiosas.


En el centenario del escritor argentino -Radiografía de Julio Cortázar

 Julio Cortázar


Julio Cortázar

Víctor Montoya, Bolivia – La paz

Abrigo la esperanza de que alguien pueda compartir conmigo la enorme impresión que causa esta fotografía encontrada en la vidriera de un hospital, donde algún admirador -o admiradora- de Julio Cortázar, luego de recortarla de una revista, la pegó cuidadosamente por las cuatro esquinas. Cuando la miré de cerca, absorto por la iluminación frontal que lo destaca tan vivamente, no resistí a la tentación de llevármela conmigo, dispuesto a describirla para quienes no la conocían. Empero, debo reconocer que no fue tarea fácil, sino un desafío contra la subjetividad que me acechaba a cada instante, pues pasé varias horas queriendo describirla, sin conseguirlo, y sólo quienes hayan pasado noches en vela, con una idea insistente que revolotea en la cabeza, comprenderán la desesperación que supone intentar atrapar las palabras exactas para describir una fotografía que de por sí es una poesía hecha de luz y de sombra.

Querido Julio, en esta fotografía, más que en ninguna otra, nos miras desde el fondo de tus ojos tiernos, mientras tu rostro, marcado por una profunda expresión de melancolía, nos inspira un súbito respeto y admiración por lo que fuiste en la sencillez y el silencio, circunstancias en las cuales aprendiste a comunicarte más con los gestos que con palabras, como todo gran escritor que manifiesta sus pensamientos y sentimientos a través de la palabra escrita, de esos pequeños grafemas que tú, desde niño, escribías con el dedo en el aire, como si se trataran de signos mágicos que nacían de tu imaginación o a partir de un palíndromo, donde la palabra “Roma” se leía “amoR” al invertirla.

Al contemplar intensamente esta fotografía, en la cual apareces con la melena y barba leoninas, crecidas con tanta rebeldía como las llamas de tu alma, te imagino en tu escritorio cual gigante perdido en el “País de las Maravillas”, escuchando las improvisaciones del jazz, leyendo los libros de tu preferencia o, simplemente, acariciando el lomo de tu gata Flanelle, cuyo ronroneo era la única música que rompía la monotonía del silencio.

Apenas miro tu jersey de mangas largas y cuello alto, te imagino en invierno, deslizándote por las calles mojadas de una ciudad grisácea, envuelto en una gran bufanda, y en verano, tendido a la sombra de un árbol, los ojos clavados en el vacío y meditando en la dimensión de tu obra, donde la fantasía y la realidad se funden como las dos caras de una misma medalla. A ratos, me parece oírte hablar con voseo argentino y “erre” afrancesada sobre Fidel y la revolución cubana, país donde redescubriste la alegría, la solidaridad, la espontaneidad y los temas latinoamericanos, tras haber pasado media vida en París, en esa ciudad que amabas y odiabas al mismo tiempo.

Cuando leí una de tus cartas escritas a Fernández Retamar -Director de Casa de las Américas (nuestra casa)-, me quedé sin aliento y con el corazón partido, ya que no me convencía cómo un “cronopio” de tu talla podía sentirse solo y extranjero en el barrio 15 de París, recluido en una casita alta y angosta como tu imagen. Mas recién ahora, al releer “El perseguidor” (ese excelente relato inspirado en Charlie Parker, el famoso “Bird”, el “jazzman” que alucinaba con la droga y el alcohol, y hacía alucinar con el saxofón a los amantes de su música), puedo comprender el porqué de tu soledad y tu amor desmedido por la humanidad y sus asuntos, que la vida de Charlie Parker te enseñó a mirar por dentro, desde el fondo mismo del ser, y lejos de la superficialidad que nos corroe cada día. Asimismo, debo decirte que tu sensibilidad -o hipersensibilidad- de hombre de letras te llevó a tomar partido por la justicia social y la defensa de los procesos socio-políticos que expresaban el sentir popular; la prueba está en el compromiso que asumiste con la revolución cubana, con los acontecimientos de mayo del 68 en París o con la revolución sandinista, que tan bien la retrataste en tu “Nicaragua tan violentamente dulce”. Sin lugar a dudas, tu obra literaria se fundió con las luchas de emancipación desde cuando comprendiste que el socialismo democrático era la única alternativa histórica capaz de abolir la explotación del hombre por el hombre. Pero ahora que ya no estás entre nosotros, porque la muerte te privó de ver los bruscos virajes que se produjeron en el mundo, desde la caída del Muro de Berlín hasta el trágico resurgimiento de los nacionalismos, sólo me cabe imaginar que tú no darías un solo paso atrás, convencido de que la humanidad no volverá la rueda de la historia y resistirá los embates del imperialismo como lo está haciendo Cuba, esa pequeña isla y esa gran causa que tanto amaste en vida.

Así, pues, querido Julio, ante esta hermosa fotografía que te retrata el alma de niño grande y bueno, constato una vez más que fuiste un “cronopio” de verdad, un ser magnífico cuyo espíritu era portador de los mejores valores humanos, un hombre en quien se podía depositar toda la confianza del mundo como en una cajita que guarda los secretos más íntimos bajo siete llaves; es más, al mirar tus grandes manos pecosas, puedo también constatar que tus brazos de boxeador están aún dispuestos a batirse con los adversarios de los desposeídos en “El último round”, en ese “round” en el que te acompañaremos los hinchas de tu obra, que es tan grande como fue tu vida.

 

 


EL IMAGINARIO POPULAR EN CUENTOS DE LA MINA

Víctor Montoya, La Paz – Bolivia

Víctor Montoya junto al Tío de l a mina en Oruro

Víctor Montoya junto al Tío de la mina en Oruro

 

Los “Cuentos de la mina” están escritos con el furor del alma y los sentimientos del corazón, a partir de la relación estrecha que mantuve desde niño con los mineros en el norte de Potosí, donde muchos de mis parientes fueron trabajadores del subsuelo. Conozco esa realidad dantesca y fascinante desde que tengo memoria. Soy hijo de entrañas mineras y uno de sus cronistas de época.

Me he dedicado a escribir sobre las minas y sus asuntos desde hace más de tres décadas. Mi primera novela, “El laberinto del pecado”, publicada en 1983, está también contextualizada en una población minera, con temas y personajes de Llallagua, Catavi y Siglo XX. De modo que mi interés por rescatar los mitos, ritos y leyendas, que rondan por los campamentos mineros, nació desde el día en que me hice escritor de cuentos tristes y fantásticos.

Sin embargo, dispuesto a desmarcarme de la literatura entroncada en el llamado “realismo social”, tuve desde un principio la idea de crear y recrear los elementos mágicos y míticos que no fueron contemplados en los cuentos ni en las novelas de los autores que dedicaron su tiempo y energía a describir los triunfos y las derrotas del proletariado minero desde una perspectiva sociopolítica que, en mi opinión, los llevó a balancearse sobre una cuerda floja entre el panfleto literario y la literatura como obra de arte.

Lo que yo hice, a diferencia de estos escritores de la narrativa minera, fue adentrarme en la tradición oral de los Andes, donde la mitología del Tío, mitad dios y mitad demonio, vibra en las quebradas de la cordillera con todo su poder de sugerencia. De modo que mis cuentos, más que retratar la tragedia social de los mineros, rescatan la figura del Tío desde una visión del realismo fantástico, que es parte y arte de la cosmovisión andina, donde los mineros, en su mayoría de ascendencia indígena y mentalidad proclive a las supersticiones, cuentan de generación en generación y de boca en boca una serie de consejas nacidas del imaginario popular.

De hecho, la vida cotidiana de los pobladores del altiplano está atravesada transversalmente por los mitos y las leyendas de las culturas originarias; creencias, tradiciones y costumbres que durante la colonia fueron avasalladas por los conquistadores, pero que no sucumbieron en la memoria colectiva, que supo conservarlas en la tradición oral, aunque disfrazándolas, a manera de protección, con las tradiciones judeocristianas. Con el correr del tiempo, del mismo seno de este encuentro histórico, surgió un peculiar sincretismo religioso que puso de relieve el mestizaje de dos culturas: la indígena y la occidental, que en un principio eran diametralmente opuestas.

Ahora tengo la extraña sensación de que mis “Cuentos de la mina”, que explayan un estilo acorde con las nuevas corrientes literarias, en las cuales destacan la autenticidad, la sencillez y la belleza, harán que los mitos y las leyendas sobre el Tío se universalicen. No es casual que esta obra esté siendo traducida a varios idiomas para que los lectores de otros países conozcan algo más del mundo mágico y secreto atrapado entre las montañas del macizo andino, donde reina el Tío en el vientre de la Pachamama, como un verdadero soberano de las tinieblas.

En los “Cuentos de la mina”, por razones de lógica formal, incluí también otros elementos culturales que están ligados a las tradiciones y los ritos ancestrales, como la ch’alla y la wilancha, una ceremonia que consiste en sacrificar una llama blanca para luego, en actitud de ofrenda y gratitud, rociar con su sangre a la Pachamama y el paraje del Tío. Relato también la leyenda de la coca, el mito de las cuatro plagas que Wari lanzó como venganza y castigo contra los urus, cerca del lago Poopó, y cuento todo lo referente al fastuoso Carnaval de Oruro, donde los mineros, desde la época de la colonia, se disfrazan de Tíos -o de diablos-, para bailarle su diablada a una virgen católica como es la Candelaria o Virgen del Socavón.

Debo confesar que desde mi más tierna infancia escuché una serie de relatos relacionados con el Tío de la mina; un ser ambivalente entre lo sagrado y lo profano, entre lo celestial y lo demoniaco, que corresponde al sincretismo religioso entre la tradición católica y el paganismo ancestral, y representa al dios y al diablo que habita en los tenebrosos socavones, donde los mineros, en sumisa veneración, le rinden pleitesía y le ofrendan hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a tiempo de congraciarse con él, a quien se lo considera el dueño absoluto de las riquezas minerales y el amo de los trabajadores del subsuelo.

Desde tiempos inmemoriales se sabe que entre las divinidades que conforman el mundo religioso indígena está el Supay o Supaya, la divinidad del “Ukhu pacha” o “Manqha pacha” (mundo de abajo), encargada de guardar las riquezas minerales, proteger a los animales silvestres, dirigir las corrientes de aguas subterráneas y hacer germinar las semillas para dar de comer a los hijos de la divinidad andina que no se ve pero domina en el reino de los vivos: la Pachamama.

La Pachamama, proveedora de vida y alimentos, encierra en su vientre los recovecos telúricos donde habita el Tío, que es el único amo y señor de los filones de estaño. En el interior de la mina es donde mejor se expresa la mitología temible y maravillosa de este ser hecho de realidad y fantasía, que se aparece omnipresente, omnipotente, entre las luces y sombras de las galerías, entre el ruido monótono de la “ch’aka” (gotera) y el silencio insondable de los parajes más alejados de la bocamina.

“Cuentos de la mina” es, asimismo, la revelación de mi subconsciente, en cuyo pozo sobrevivió por muchos años este personaje que, como si fuese mi propia sombra, se me aparece por doquier, incluso en los sueños y las pesadillas, donde me lo encuentro cada vez, exigiéndome que lo convierta en el personaje principal de mi mundo literario. De modo que este libro, como cualquier criatura del alma, brotó de una manera natural entre mis proyectos literarios y el Tío de la mina acabó constituyéndose en uno de los personajes más significativos de la narrativa minera.

Él forma parte de mi vida y obra, porque caló hondo en mi memoria desde el día en que mi abuelo, por primera vez, me refirió la leyenda del Tío, mientras dormía a sus pies una noche en que se desató una tormenta en la cordillera de los Andes, haciendo que los truenos enciendan la noche como luces de bengala y las ráfagas impetuosas del aguacero desvíen el curso de los ríos. Fue entonces cuando mi abuelo, con una voz pausada y sugestiva, pronunció las siguientes palabras: “Dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta”. Esta frase bastó para comprender, entre la curiosidad y el espanto, que el diablo al cual se refería mi abuelo era el mismísimo Tío de la mina, cuya estatuilla diabólica, recubierta con arcilla y cuarzo por los mismos trabajadores, vi años después en una de las galerías principales de la mina de Siglo XX.

El Tío estaba sentado en su trono de roca, con el cuerpo monstruosamente deformado, el miembro largo, grueso y erecto, los ojos redondos como canicas, las cejas sobresalientes, la nariz prominente, las barbas de chivo, las orejas de asno, los cuernos retorcidos y los labios entreabiertos para recibir los cigarrillos. Me quedé estupefacto ante su aspecto terriblemente grotesco y, entre el asombro y la meditación, asumí la idea de que este personaje, que inspira un natural respeto y vive en reciprocidad con los mineros, no me dejaría ya vivir en paz por el resto de mis días.

La estatuilla del Tío, vista desde cualquier ángulo y en cualquier galería, constituye una verdadera obra de arte, una imagen esculpida por las callosas manos de los mineros. Ellos la erigen a su imagen y semejanza, para luego rendirle tributo, sentados a su alrededor a la usanza de los mitayos de la colonia. La estatuilla del Tío varía de paraje a paraje y de mina a mina, como los materiales que se usan en su construcción; mientras unas son talladas en el mismo lugar, como la normal prolongación de la roca, otras son figuras hechas con cemento y estructuras metálicas, dependiendo del nivel de temperatura y humedad ambiental en la galería. En algunas minas, su cuerpo desnudo está adornado con mixturas y serpentinas de pies a cabeza; en tanto en otras llevan un atuendo de diablo, que los muestra en toda su plenitud, como a la perfecta iconografía revelada por el mundo bíblico. Al pie del Tío están esparcidas las botellas de aguardiente, las hojas de coca y las colillas de los cigarrillos, que los mineros le ofrendan en actitud de veneración y agradecimiento.

El Tío de la mina, según la concepción antropológica, es una de las deidades más importantes de la cosmovisión andina, no sólo porque se lo considera uno de los fecundadores de la Pachamama, sino también porque en él depositan los mineros todas sus esperanzas. Le ruegan que los proteja de los peligros y les muestre el mejor filón de estaño. En este sentido, el Tío de mis cuentos, aunque posee las mismas características que el Lucifer de las Sagradas Escrituras, pervive en la imaginación de los mineros como un ser benefactor cuando se lo trata con respeto y cariño, pero también como un ser cruel y vengativo cuando no se le honra con ofrendas para saciar su sed y su hambre. El Tío tiene la potestad de premiar y castigar a quien ingresa en su reino o en las oquedades del “Ukhu Pacha” o “Manqha Pacha” (mundo de abajo).

El Tío, por otro lado, tiene un significado profundo en nuestra cultura y es el que mejor simboliza el subconsciente de los humanos, que están hechos de un puñado de virtudes y otro puñado de defectos, ya que en el subconsciente de cada individuo habita la bondad pero también la maldad. Así que el Tío, al ser dios y diablo a la vez, es la fusión perfecta entre el bien y el mal, y posee todos los atributos que necesita un personaje literario

Por ahora, lo único que me ronda en la cabeza es la idea de seguir escribiendo en torno a las aventuras y desventuras del Tío, con la misma pasión y entrega que estos cuentos requieren durante el proceso de creación literaria; más todavía, tengo en preparación una serie de diálogos que durante años sostuve con el Tío sobre los más diversos temas que encandilan la mente de los humanos. Se trata nada más ni nada menos que de las sabias lecciones de un aprendiz de diablo. Culminado este proyecto, y muy a pesar de los pesares, quisiera dejarlo vivir en paz al Tío, recluido en las galerías más profunda de la mina, y yo dedicarme a crear otras obras que ventilen mi imaginación y me devuelvan la serenidad perdida, aunque no sé si esto será posible, pues al Tío lo tengo metido en el cuerpo y alma como a un clavo atravesado de lado a lado.

Portada de cuentos de la mina de Victor Montoya

Portada de cuentos de la mina de Victor Montoya

 


 

Walter Trujillo Moreno en Poemas del Alma


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