VULCANUS DIGITAL

VULCANUS DIGITAL

Journalismus und Kommunikation

A PROPÓSITO DE LOS NEONAZIS EN EUROPA

 

Los neonazis rinden tributo a Hitler y Mussolini

Los neonazis rinden tributo a Hitler y Mussolini

Víctor Montoya, la Paz, Bolivia.-

Cierto día, mientras miraba en la televisión un programa sobre la violencia desatada por una banda de racistas y xenófobos, mi hijo, que en ese momento jugaba tendido de bruces sobre la alfombra, se aferró a mi brazo, acercó sus ojitos dubitativos hacia mi rostro y, con voz trémula, dijo: “¿Papá, nos matarán también a nosotros porque tenemos el pelo negro?” Yo lo miré perplejo, con un nudo en la garganta y sin saber qué responder. Después, él volvió a jugar, y yo, sin salir aún de mi asombro, me quedé pensando en su pregunta que, aparentemente ingenua, reflejaba la fría realidad que mostraban en la pantalla, una realidad que desangraba la democracia y la armoniosa convivencia ciudadana.

En otra ocasión, cuando en la misma pantalla apareció la imagen de Ian Wachtmeister y Bert Karlsson (líderes de la entonces Nueva Democracia), haciendo declaraciones sobre los supuestos excesos de los inmigrantes en Suecia, mi hijo me sorprendió con otra pregunta: “¿Y éstos son también malos, papá?”. Yo lo levanté en los brazos y, simulando una sonrisa, le contesté: “Estos son dos payasos y nada más, dos payasos que hacen reír y dan pena”. Claro está, cómo iba a explicarle a un niño que el ascenso del racismo, la xenofobia y el hipernacionalismo eran productos de la crisis del sistema capitalista y un chivo expiatorio en forma de cientos de miles de extranjeros.

Cómo iba a decirle que los líderes de la derecha se parecen al Flautista de Hamelín, que conducen a sus seguidores hacia el barranco, prometiéndoles que avanzan por buen camino, y quienes, ante las cámaras de la televisión, se muestran como auténticos demócratas, escondiendo su verdadero rostro como su verdadera opinión, aunque cada vez que arengan a sus secuaces no hacen otra cosa que compartir el fanatismo violento de las hordas neonazis, “skinheads” (cabezas rapadas) y de los partidos de extrema derecha, que abogan por la “supremacía del hombre blanco”.

Los skinheads enarbolan los ideales del nazismo

Los skinheads enarbolan los ideales del nazismo

Sé de sobra que a mi pequeño hijo, por algún tiempo más, no podré explicarle que el racismo es la expresión hipertrofiada de un componente de la personalidad humana: el temor al “extranjero”, a lo desconocido. Es decir, que la ideología fascista es la expresión extrema, racionalizada y colectivizada de ese rechazo a todos quienes no comparten su filosofía eurocéntrica.

No hay más que recordar los acontecimientos acaecidos en algunos países de la Unión Europea, como en la siempre temida Alemania unificada, donde los neonazis dicen que ellos ejecutan acciones que son determinadas por los propios ciudadanos, quienes son potencialmente xenófobos en el silencio. Por ejemplo, en Rostock, ante los turbulentos atentados racistas, las mismas fuerzas del orden parecían tener más simpatía por los neonazis que por las manifestaciones de la izquierda; lo mismo sucedió en Lichtenhagen, donde miles de habitantes prorrumpieron en aplausos y gritos a favor de los energúmenos fascistas, quienes lanzaron piedras y explosivos de fabricación casera contra los albergues de los inmigrantes.

Explicarle a un niño que no debe hablarse de categorías de individuos, sino sólo de individuos independientemente del color de su piel, cultura y nacionalidad -ya que la identidad de un país no se forma en un cuarto vacío, sino en una colectividad que constituye casi siempre una suerte de ensamble multicultural-, resulta tan difícil como explicarle el porqué estoy en Suecia que, por cierto y sin desmerecerlo, me brindó asilo político solidario cuando más lo necesitaba.

No me entendería si le digo que soy un refugiado más, porque en mi país de origen me opuse a un régimen de facto que asaltó el poder irrumpiendo la democracia, contra quienes hicieron desaparecer impunemente a militantes revolucionarios; contra quienes, organizados en “escuadrones de la muerte”, lincharon a hombres y violaron a mujeres; contra quienes, acostumbrados a vulnerar los Derechos Humanos, torturaron y asesinaron con frialdad pavorosa y contra quienes, como los neonazis dentro de la Unión Europea, usaron la violencia como el único y último recurso para imponer sus prerrogativas.

Sin embargo, estoy seguro de que mi hijo, como otros niños que nacieron en el exilio, un buen día sabrá que a los ciegos de hoy les quitaremos la venda de los ojos para mostrarles que la realidad de un país no es lo que ellos quieren ver, sino otra cosa, un enorme abanico que compendia todos los colores, olores, sabores, lenguas, credos y culturas, y que el proceso de la democracia, así no haga milagros ni estragos, es algo que debemos de aprender a defender, para que el sueño de la libertad y la justicia no se haga añicos por la sola presencia del exacerbado nacionalismo xenófobo, que no tiene más importancia que la que en realidad tiene: primero, porque no representa a una opinión mayoritaria; y, segundo, porque son una pandilla de cretinos que no merecen el respeto ni el perdón.

Ahora bien, como todos los demócratas, quiero conservar la libertad de opinión y expresión, pero también la seguridad ciudadana, puesto que, al fin y al cabo, quiero que me dejen vivir en paz y en completa armonía con mis semejantes. Quiero que se sepa, además, que no estoy dispuesto a enmudecer ante las bravatas y la violencia verbal de un grupúsculo de resentidos sociales y, mucho menos, dispuesto a dejarlos enarbolar las banderas de una ideología que amenaza la convivencia social y siembra el pánico y el temor entre los niños.

Mi experiencia personal es apenas el pálido reflejo de una realidad que afecta a millones de familias extranjeras a lo largo y ancho de Europa. No es casual que hace un tiempo atrás, un padre de familia de origen chileno, que se vio obligado a abandonar su país desolado por una dictadura militar, me confesó con una profunda tristeza: “No hay una sola noche en que mi hijo deje de enfrentarse con los “skinheads” (cabezas rapadas). Si una noche no lo atacan a él, atacan a su amigo o al amigo de éste. De modo que mi hijo, que llegó a Suecia siendo aún niño, pertenece ya a una generación que está marcada por la propaganda racista y el menosprecio contra el ‘cabeza negra’. ¿No sé qué hacer?”.

La preocupación de este padre es comprensible desde todo punto de vista, pues se trata de un individuo que, huyendo de una sanguinaria dictadura militar, buscó refugió en Suecia, con la esperanza de ofrecer un futuro mejor a sus hijos; un sueño que parece haberse roto en pedazos y se convirtió en pesadilla la vez en que su hijo llegó a casa hostigado por una pandilla de neonazis, que lo acosaron desde la escuela, gritándole al unísono: “¡Cabeza negra, fuera de nuestro país!”

Estos pandilleros, cuyos ídolos son Hitler, Mussolini y Franco, fueron reclutados desde los 14 años de edad por organizaciones de extrema derecha, con el propósito de crear una corriente de opinión destinada a desbaratar la política de inmigración de cualquier gobierno democrático y, enarbolando las banderas del nazismo, oponerse a la mezcla de razas y culturas.

Esta política racial, que pretende legitimar la existencia de una raza “fuerte” y otra “débil”, de una raza supuestamente “superior” y otra “inferior” -compuesta por judíos, gitanos, indios, negros y homosexuales-, reaviva la mentalidad del nazismo alemán, cuyas consecuencias, aparte del holocausto en el cual perdieron la vida millones de seres humanos, fueron “la noche de los cristales rotos y los cuchillos largos”.

Los judíos fueron amedrentados y asesinados por bandas de fascistas armados. Sobre los letreros de las tiendas, que habitualmente eran concurridas por todos, se pusieron advertencias que decían: “Prohibido el ingreso de perros y judíos”, y sobre las ropas de los judíos se cosió la estrella de David para que sean fácilmente identificados a la hora de ser deportados a los campos de concentración y exterminio.

El racismo, que no es una rara perversión diabólica ni un fenómeno natural del instinto humano, es una teoría que admite la existencia de “razas dominantes” y “razas dominadas”; y, lo que es más grave, es una teoría que algunos la llevan a la práctica de manera brutal, como sucedió en una pequeña ciudad de Suecia, donde la sola presencia de un 9% de inmigrantes (en una población de menos de 18.000 habitantes), fue suficiente para despertar los instintos gregarios de un grupúsculo de muchachos neonazis que, luciendo cruces esvásticas, vestimentas del Ku Kux Klan, botines de caña alta y cazadoras americanas, aterrorizaron a varias familias de inmigrantes, quemando cruces, pintarrajeando paredes, destrozando las tiendas y los restaurantes administrados por “extranjeros”.

Los símbolos del nazismo son exhibidos abiertamente por los racistas

Los símbolos del nazismo son exhibidos abiertamente por los racistas

Estos mismo neonazis llegaron al extremo de asestar, en noviembre de 1995, el frío metal de un cuchillo en el pecho de un muchacho de origen africano, quien murió desangrado en una de las calles céntricas de la ciudad. Los peatones vieron su cuerpo tendido entre los arbustos, pero ninguno acudió a socorrerlo ni a denunciar el caso en la policía; es más, un transeúnte le arrojó una cáscara de banano en actitud de desprecio, mientras otro depositó al lado de su cadáver una bola de carbón que representaba la cabeza de un muñeco negro. Los testigos dijeron no haberse percatado de que el hombre estaba muerto; algunos, incluso, pensaron que se trataba de un “negro borracho”, durmiendo en plena calle y a plena luz del día.

Lo que más extraña de esta actitud pasiva y contemplativa, que puede tornarse en un arma tan peligrosa como el acto mismo de ejecutar un crimen fríamente planificado, es el hecho de que ningún político de la cúpula gubernamental haya dicho: “esta boca es mía” ni que este caso haya sido motivo suficiente para generar una protesta nacional contra los asesinos, quienes, con el cinismo, la impunidad y la insensatez que caracterizan a los criminales en potencia, usaron a la prensa sensacionalista para difundir su propaganda de intimidación contra los inmigrantes, quienes, según ellos, son los causantes de todos los males sociales y económicos que aquejaban al país.

Por lo demás, pienso que la consigna de resistencia es clara y contundente: no debemos dejarnos intimidar por las bravatas ni fechorías de estas pandillas de antisociales; por el contrario, debemos cerrar filas en torno a las organizaciones que no están dispuestas a tolerar el racismo, “la exaltación del poder blanco” ni la propaganda neonazi, que se distribuye abiertamente en los establecimientos educativos a nombre de la democracia y la libertad de expresión, aun sabiendo que el totalitarismo fascista, que reconoce al individuo sólo en la medida en que sus intereses coinciden con los del Estado absoluto, no tiene lugar en un sistema político pluralista y democrático, basado en el respeto a los Derechos Humanos y la diversidad de razas, lenguas y culturas.

Los inmigrantes estamos en el deber de esclarecer que la crisis económica de un país, como la crisis estructural del sistema capitalista, no se resuelve con la discriminación y la expulsión de los “extranjeros”, sino con la participación colectiva en las decisiones del Estado y con la distribución equitativa de los recursos, que hoy están concentrados en pocas manos.


RECUERDOS DE UNA ENTREVISTA A EDUARDO GALEANO

RECUERDOS DE UNA ENTREVISTA A EDUARDO GALEANO

EDUARDO GALEANO

Víctor Montoya -Escritor boliviano

Lo conocí en noviembre de 1982, en la sala de conferencias de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo, donde asistió para presentar la traducción al sueco de su libro “Las venas abiertas de América Latina”. Me preguntó de dónde era. Le dije que era boliviano. Él cerró sus ojos claros, se arregló la gorra y dijo con voz de locutor: “¿Y de qué parte de Bolivia?”. “De Llallagua”, le contesté. “Tengo muy buenos recuerdos de ese pueblo minero”, acotó.

Luego me pidió acompañarlo hasta la puerta de entrada, porque tenía ganas de fumarse un cigarrillo. Apenas salimos, me habló de doña Domitila de Chungara, de esa mujer que se llenaba de coraje a costa de reducir su miedo y de la importancia de los sindicatos mineros, capaces de dar lecciones de lucha a los demás sindicatos del mundo. Allí mismo me contó que en una ocasión, los mineros le metieron al interior de la mina en Siglo XX, a una galería que tenía casi cuarenta grados de temperatura, y donde, a tiempo de pijchar la coca y sorber tragos de aguardiente, le preguntaron cómo era el mar. Entonces él, como todo artesano palabrero, se las ingenió para contarles cómo era el mar. Escogió las palabras apropiadas de modo que los mineros, empapados de sudor por las altas temperaturas, sintieran las palabras como si de veras las olas del mar les refrescara la cara y el cuerpo. También me contó que un día, mientras caminaba por la plaza de Llallagua, la mujer de un minero, al verlo con la pinta de gringo, lo confundió con un cura y quiso llevarlo a su casa para que le diera la última bendición a su marido, que estaba muriéndose con los pulmones reventados por la silicosis.

Cuando le solicité una entrevista, Galeano me miró dubitativo por un instante y, calculando mis veinticuatro años de edad, contestó algo así como: hazme las preguntas que quieras, pero en los lugares donde tengo programadas las charlas. Así lo hice. Le seguí los pasos durante dos días y me metí en todos los locales donde habló de los pormenores de su emblemática obra “Las venas abiertas de América Latina” y sobre el compromiso del escritor con su realidad y su tiempo; circunstancias que aproveché para hacerle preguntas que fueron respondidas con elocuencia y conocimiento de causa.

Recuerdo que en la sala de conferencias, y mientras relataba que su libro fue censurado por las dictaduras militares, nos llegó la noticia de que la Academia Sueca decidió conceder el galardón del Premio Nobel Literatura a Gabriel García Márquez. La noticia la dio a conocer en voz alta la escritora uruguaya Ana Luisa Valdés, quien formaba parte de la editorial Nordan, conformada por un grupo de exiliados uruguayos. La sala explotó de alegría y en sonoros aplausos, en tanto Galeano permaneció quieto en su asiento, como si la noticia le hubiese llegado a destiempo.

Al día siguiente, en la conferencia que dictó en la sala del Instituto de Estudios Latinoamericanos, ante una multitud necesitada de sus análisis lúcidos y su voz orientadora, hizo gala de su destreza verbal, casi siempre salpicada de metáforas y figuras de dicción. Los asistentes, con las mismas expectativas de quienes esperan las palabras de un mesías, lo aplaudieron por su visión particular en torno a las dictaduras militares, el saqueo imperialista y de lo mal que se trataba a los sudamericanos en España, donde él mismo estaba exiliado desde 1976, tras el golpe militar protagonizado por Jorge Rafael Videla, quien lo añadió en la lista de los condenados por el “Escuadrón de la Muerte”.

Esa tarde, a medida que recorríamos por una de las avenidas principales de Estocolmo, rumbo a la librería y cafetería “Branting, donde tenía prevista una charla con un grupo de suecos, se quejó de que en España lo “ninguneaban” los doctores encargados de la cátedra de historia sobre América Latina. Me dijo que nunca lo invitaron a las aulas de las universidades, aunque los estudiantes leían “Las venas abiertas de América Latina”, como texto de referencia en la facultad de historia.

Recuerdo que vestía de manera modesta y daba la impresión de ser un fumador empedernido, porque, entre disertación y disertación, preguntaba si había un lugar de fumadores en el local. En la cafetería y librería “Branting”, que era propiedad del Partido Socialdemócrata Sueco, al no existir una sala destinada para los fumadores, se vio obligado a salir a la calle, donde fumó arrimado contra la pared y soportando los vientos helados del otoño escandinavo.

En todas las charlas que dio, entre aplausos, bromas y risas, capté sus palabras en una grabadora de bolsillo y luego transcribí sin quitarle ni agregarle nada, en forma de una entrevista, que meses después se publicó tanto en “Presencia Literaria” de Bolivia como en el semanario “Liberación” de Suecia. Esta misma entrevista, sin embargo, no quisieron publicarla en el periódico El Deber de Santa Cruz, ya que su redacción de cultura me devolvió los papeles mecanografiados unas semanas más tarde, junto a una nota que decía: “Sr. Montoya. Le sugerimos que, por favor, nos envíe entrevistas a autores más conocidos en nuestro medio”.

Desde ese hecho curioso, han transcurrido más de tres décadas, y el Galeano que por entonces no era tan conocido como el Galeano de hoy, ha hecho correr mucha tinta en los medios de comunicación, porque sus libros se han vendido como pan caliente, llenándolo de fama y de fans, ya que sus buenos textos, escritos con una increíble economía de palabras, han dado la vuelta el mundo, traducidos a más de una veintena de idiomas.

Eduardo Galeano, a varios años de haber escrito “Las venas abiertas de América Latina”, en sesenta días y sesenta noches, con aciertos y desaciertos, estaba imbuido esos días en una lectura más profunda sobre la historia de nuestro continente, para terminar de escribir lo que llegaría a constituir su trilogía: “Memoria del fuego”, publicada entre 1982 y 1986, y cuyo primer volumen, “Los nacimientos”, fue publicado por la editorial uruguaya Del Chanchito, pocos meses antes de que lo conociera en Estocolmo.

Ya se sabe que las obras de este prolífico autor, que rompen con los géneros ortodoxos clasificados por los doctores de la literatura, se encuentran a medio camino entre el periodismo y la literatura, entre la realidad y la ficción. Sus relatos breves, a veces escritos en prosa poética y amena, son un rescate de la memoria colectiva, pero también un repaso cronológico de la historia de América Latina, donde se mezclan las luchas políticas con los mitos, las leyendas y los ritos de las culturas ancestrales.

A su estilo depurado y compromiso político obedece el hecho de contar con miles de seguidores y admiradores, que en un determinado momento intentamos pensar y escribir como él, con ese mismo desparpajo característico de los grandes escritores, que son como la miel en medio de un enjambre de abejas. Mi obsesión por su obra llegó a tal extremo que, de tanto leerlo y releerlo, lo tenía como a un fantasma persiguiéndome hasta en los sueños, quizás, porque estaba convencido de que en Bolivia hacía falta, más que los escritores de literatura “light”, un Eduardo Galeano, muchos, muchísimos Galeanos, para reescribir la historia oficial y rescatar la memoria secuestrada de un país que busca su identidad perdida, sin dejar de soñar con un proceso de cambio y descolonización.

Como constatarán, mi admiración por su prosa fue tan grande que, a veces, intenté escribir como él, como cuando Borges intentó escribir como Kafka, hasta que se dio cuenta de que Kafka ya había existido, aunque en este oficio, no siempre grato, los escritores jóvenes aprendemos a caminar de la mano de otro escritor más brillante y fogueado en el mundo de las letras, como quienes viven acechados por la tentación de plagiar textos, técnicas y estilos literarios, incluso a riesgo de perder su nombre propio por pretender parecerse al otro.

Por suerte, desde que dejé de ser un joven ingenuo e indocumentado, me liberé de la sombra de este autor que admiré con infinita pasión, porque, como él mismo enseñaba, aprendí a andar con mis propios pies y a pensar con mi propia cabeza. De todos modos, le agradezco por haberme ayudado a ver la luz entre las tinieblas de los sistemas de dominación, por haberme enseñado a descubrir la grandeza que se esconde en las pequeñas cosas y, sobre todo, por haberme estimulado a rescatar la memoria secuestrada de los sin nombre, de los sin voz, de esa gente humilde que habla poco, porque hasta las palabras les duele como estocadas en el alma, como hoy nos duele su dolorosa partida, ¡ah!, pero tal vez sea mejor pensar que su muerte no es verdad, ya que Eduardo Galeano, como diría José Martí, ha cumplido bien la obra de su vida, y si su muerte fuera verdad y si de veras no estuviera ya con nosotros, entre nosotros, al menos sus libros seguirán teniendo vida como la memoria viva de América Latina.


DISCRIMINACIÓN Y MENOSPRECIO DE LAS MUJERES

http://vulcanusweb.de/wp-content/uploads/2015/02/La-mujer-desde-su-nacimiento-estaba-destimada-a-dedeciarse-a-los-quehaceres-domésticos.jpeg

La-mujer-desde-su-nacimiento-estaba-destimada-a-dedeciarse-a-los-quehaceres-domésticos

Víctor Montoya

Bolivia, La Paz.- Los sistemas educativos del pasado acentuaron la discriminación contra la mujer. Apenas hubo mujeres entre los filósofos griegos, los juristas romanos, los teólogos cristianos o los médicos y matemáticos musulmanes medievales. Tampoco hubo mujeres entre los grandes pensadores y artistas del Renacimiento; una época que aportó muchísimo al patrimonio cultural de la humanidad, pero que no contribuyó en nada a la consideración social de la mujer, cuya historia estaba hecha de una larga opresión y sumisión a los valores patriarcales; incluso en la Edad Moderna, filósofos como Locke, Rousseau y Kant, la asignaron un rol de subordinada en la familia y la sociedad.

Las universidades, que son centros de investigación y transmisión de conocimientos acumulados por la humanidad, han sido durante siglos núcleos a los cuales tenían acceso sólo los hombres; en tanto las mujeres, que estaban vedadas de ingresar a las casas superiores de estudio, estaban excluidas del aprendizaje y los conocimientos que se impartían en sus aulas.

El derecho a la educación y formación profesional, que se convirtió por mucho tiempo en un privilegio reservado para los hombres, fue conquistado por algunas mujeres recién en el siglo XIX, tras el impulso de la revolución industrial. Sin embargo, fue tanta la demora en algunos países que, hasta mediados del siglo XX, las mujeres no podían acceder a enseñanzas como la ingeniería o arquitectura, profesiones ejercidas principalmente por los varones.

De hecho, negarle a la mujer una educación en igualdad de condiciones con el hombre era una discriminación flagrante y una frustración con irreparables consecuencias, sobre todo, si se considera que una educación adecuada podía haberle abierto las puertas a una profesión y, con ello, a la posibilidad de una autonomía social y una independencia económica tanto del padre como del marido.

La educación de la mujer, en varios países del mundo islámico, sigue siendo incipiente, y los conocimientos siguen siendo discriminatorios y sexistas.  Las mujeres no pueden estudiar en universidades ni elegir a sus autoridades, porque son tratadas como “ciudadanas de segunda categoría” y “amas casa” recluidas entre las cuatro paredes del hogar.

Los analistas del tema subrayan que la educación que se imparte en los países subdesarrollados sigue fomentando una discriminación sexista, que tiene su primer reflejo en la formación de actitudes y vocaciones desiguales frente a las opciones profesionales, lo mismo que en los países industrializados, donde las mujeres siguen eligiendo estudios que las sitúan en un puesto inferior dentro de la escala laboral.

A pesar de que ya pasaron los tiempos en que los naturalistas, como Rousseau, proclamaban la exclusión de las mujeres de la vida intelectual, negándoles la posibilidad de recibir enseñanza superior, la mayoría de quienes acceden a estudios superiores eligen ramas tradicionalmente “femeninas”. Por ejemplo, más de la mitad de las mujeres estudian profesiones relacionadas con sus instintos maternales y sólo un mínimo porcentaje elige ramas relacionadas con el sector técnico o industrial.

A la segregación estudiantil le sigue la discriminación salarial, un fenómeno que se refleja también en el ámbito político, donde las mujeres tienen menos participación que los hombres. Según un informe de la Unión Internacional Parlamentaria (UIP), publicado en 1991, de los 178 países considerados naciones independientes, sólo el 11% de los escaños parlamentarios estaban ocupados por mujeres, y en 93 países no había una sola ministra; lo que implica que, pese a las últimas conquistas alcanzadas en el proceso de igualdad, las mujeres mantenían un lugar marginal en las esferas de gobierno y ocupaban puestos vinculados a la educación, cultura, bienestar social, asuntos de la niñez y de género.

En el campo político, la mujer ha sido siempre considerada un elemento secundario, como la colaboradora del varón, del marido, y no como un sujeto capaz de trazar los lineamientos ideológicos y dirigir los acontecimientos transformadores del proceso histórico.

Es evidente que en la actualidad, tras varias reformas en el ámbito de género, la situación laboral de las mujeres ha cambiado considerablemente. Si antes, debido a los prejuicios sociales, apenas una mínima parte de ellas participaba en los movimientos políticos y sindicales -actividades consideradas por la opinión pública como propias de los hombres-, hoy en día la realidad es diferente, puesto que las mujeres, al menos en los países más desarrollados, participan más activamente en los puestos de mando de las esferas políticas, sociales, económicas y culturales.

El-acoso-sexual-es-un-atentado-contra-los-derechos-de-la-mujer-trabajadora

El-acoso-sexual-es-un-atentado-contra-los-derechos-de-la-mujer-trabajadora

Otro aspecto de la discriminación contra la mujer es el acoso sexual, un fenómeno condicionado por la jerarquía laboral que, dicho de otro modo, podría calificarse como uso y abuso del poder basado en una situación de predominio masculino en el trabajo, donde el sexo está tan presente como el reloj de fichar.

No es raro leer en la prensa el siguiente anuncio: “Se busca una secretaria de buena presencia”. El hecho de que la apariencia física de una secretaria sea más valorada que su competencia profesional, recuerda siempre al dicho popular que reza: “Dos tetas tiran más que dos carretas”; una clara discriminación sexista, que tiene su primer reflejo en la formación de actitudes y vocaciones desiguales frente a las opciones profesionales.

En algunos países, que viven a caballo entre la mentalidad feudal y el trasnochado desarrollo capitalista, la discriminación femenina está tan vigente como el resto de las discriminaciones sociales, económicas y raciales, así los gobiernos se empeñen en demostrar que se tratan de “naciones modernas”, donde se respetan y protegen los derechos más elementales de la mujer.

En todo caso, leer un anuncio discriminatorio contra la mujer, sea ésta de la condición social que sea, es motivo suficiente para reflexionar sobre el rol machista de los señores que prefieren una “secretaria de buena presencia” y, consiguientemente, sobre el rol de las secretarias como víctimas del acoso sexual.

Desde el instante en que las mujeres se integraron al sistema de producción social, son innumerables quienes, aparte de ser víctimas de la violencia en el hogar, son sometidas a presiones y coacciones no deseadas. Las encuestas revelan que la mitad de las trabajadoras se han sentido acosadas alguna vez, unas más que otras, por miradas lascivas, ges­tos insinuantes, tocamientos y agresiones físicas violentas.

Asimismo, se sabe que la mayoría de estas agresiones físicas o verbales han quedado en el anonimato, debido a que las víctimas no se atreven a denunciar este atentado contra la dignidad y los derechos de la mujer, ya sea por miedo a la publicidad, al marido, a los hijos o, simplemente, por miedo a perder su fuente de trabajo.

Cuando se emplea a una “secretaria de buena presencia”, se piensa en dos cosas: primero, en atraer más clientela o hacer más llamativo el negocio; segundo, en tener a mano una secretaria que pueda hacer en la oficina lo que la esposa no puede hacer en la casa. De modo que, una vez más, esta conducta indecorosa recuerda el consabido dilema que se experimenta en las relaciones laborales: si la “secretaria de buena presencia” quiere retener su puesto de trabajo, debe acceder a las insinuaciones de sus “superiores”; y si por algún motivo a la secretaria se le ocurre denunciar este atropello, el acosador, amparado en la ley del más fuerte, se defiende como un gallo en su corral y declara que la causante del hostigamiento fue la secretaria, quien vestía faldas cortas, blusas escotadas y pantalones ajustados.

Mas no por esto se le absolverá al acusado ni se dejará de pensar en que los señores que buscan “secretarias de buena presencia” sean, por acción u omisión, acosadores en potencia, una suerte de potros desbocados que atentan contra la dignidad y los derechos de la mujer trabajadora.

 


A PROPÓSITO DEL ÁRBOL DE NAVIDAD

 ÁRBOL DE NAVIDAD

ÁRBOL DE NAVIDAD

Víctor Montoya, Bolivia

 

Otra vez se acerca la Navidad, con su lujo y sus luces en medio de la oscuridad. Otra vez los regalos empaquetados en las vitrinas de los comercios de la ciudad. Otra vez el árbol navideño, cuya presencia es tan importante como la de Papá Noel, pues nos recuerda que ya es tiempo de consumir lo que los negociantes ofrecen a nombre de los Reyes Magos, quienes, guiados por la estrella del Oriente, acudieron hacia el establo de Belén, donde nació el Redentor por obra y gracia divina. Los Reyes Magos, según cuenta la tradición, llevaron obsequios para el hijo del Señor, a diferencia de los comerciantes de hoy, que aprendieron el arte de escurrirnos los bolsillos, con la misma destreza de los fariseos de hace más de 2000 años.

Pero en este espacio no tengo la intención de referirme a los mercaderes de la sociedad cada vez más globalizada y neoliberal, sino al árbol navideño y a los árboles que tienen cierta fama en la historia universal. Así, debajo de un árbol se ahorcó Judas después de vender a Cristo por treinta monedas y debajo de un árbol perdimos el Paraíso terrenal; debajo de un árbol descubrió Newton la ley de la gravedad y salió Buda del sobaco de su madre; debajo de un árbol aguardaba el vellocino de oro a los argonautas de la mitología griega y debajo de un árbol lloró Hernán Cortés su derrota después de la Noche Triste. Cuando Cortés volvió a Tenochtitlán, junto a la india Malinche, su intérprete y amante, se enfrentó a los guerreros de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, quien, derrotado y hecho prisionero, se negó a revelar dónde se encontraba el tesoro real. Los conquistadores lo sometieron a torturas, pero él soportó el suplicio con increíble serenidad. Fue llevado a una lejana selva tropical, donde le quemaron los pies y lo colgaron de un árbol.

Otro árbol histórico es el de “las hadas”, vieja encina francesa, a cuya sombra jugaba de niña Juana de Arco, la heroína que luchó por salvar a su país del yugo inglés. Pero abandonada en Compiegne, tal vez traicionada por los suyos, cayó en poder de sus enemigos, quienes la declararon culpable de herejías y la condenaron a arder como antorcha en la plaza del mercado viejo de Ruán. El árbol de “las hadas” está situado en Domremy-la-Puelle, la aldea donde nació la famosa “doncella de Orleáns”, quien, a pesar del calvario que la tocó vivir, fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920.

La higuera es muy buena para protegerse del sol, pero es peligroso quedarse dormido debajo de ella. Su sombra actúa sobre el sueño de un modo mágico y es capaz de trocar en loco al pensador más cuerdo. Esto le ocurrió a Maupassant cuando buscó refugio a la sombra de una higuera, con la intención de escribir un cuento corto, cortísimo. La escuelita donde fue asesinado el legendario Che Guevara, allá en el sudeste boliviano, se llama también La Higuera como el árbol que le dio nombre a esa región hoy convertida en atracción turística.

En la India, según cuenta la leyenda, el árbol cosmogónico es el dios Brahma, del cual salieron el cielo y la tierra, y los otros dioses a quienes se los considera ramas suyas. En ese mismo país, bajo el follaje de un árbol, que es el testigo mudo de los amores y desamores de los corazones violentamente apasionados, se enamoró Octavio Paz de su mujer de origen francés y corazón mexicano. Pero el árbol más mentado es el árbol genealógico, en cuyas ramificaciones, ordenadas cronológicamente, aparecen los miembros descendientes de la sagrada familia, un árbol simbólico que acuñó el refrán: “de tal tronco, tal astilla”, para aludir al hijo parecido a su progenitor en las virtudes y los defectos.

El manzano, según explica el Génesis bíblico, es el árbol del fruto prohibido y el árbol de la vida, el árbol de la ciencia del bien y el mal, el que, con propiedad natural o sobrenatural de prolongar la existencia humana, puso Dios en el Jardín del Edén. Empero, el árbol navideño es el más famoso de todos, incluso más famoso que el árbol de la cruz, donde fue crucificado Cristo, y más famoso que el árbol genealógico.

Se cree que el llamado “árbol de Navidad” existía ya como tradición mucho antes del nacimiento de Cristo. En algunos pueblos, para celebrar el solsticio de invierno, se talaban ramas verdes en las noches heladas como medios de protección y magia, y también para la evocación del verano. En todas las culturas y religiones, el árbol eternamente verde fue considerado la morada de los dioses y, a la vez, un símbolo de la vida, la fertilidad y el crecimiento.

La costumbre cristiana de poner un árbol navideño surgió en Alsacia y Selva Negra, aproximadamente el año 1509. Martín Lutero y los protestantes fueron los primeros en declararlo símbolo de la Navidad. Después se hizo presente en las iglesias católicas y viviendas hacia fines del siglo XIX. El árbol navideño simboliza el árbol del Paraíso, del cual cuelgan, de un modo figurativo, todos los frutos de la vida.

Con el transcurso del tiempo, el árbol navideño, que no es forestal, frutal ni medicinal, se convirtió en el símbolo de la sociedad de consumo, donde no faltan quienes lo usan como un amuleto de prosperidad, como si un abeto artificial, adornado con profusión de cintas, luces y regalos, fuese una garantía contra las calamidades que azotan a la humanidad; cuando en realidad, el árbol navideño es un simple objeto comercial que todos los años se debe armar, desarmar y guardar.

 


Walter Trujillo Moreno en Poemas del Alma

Presentado por Poemas del Alma

 Traduzca la página / Translate the page / Übersetzen Sie die Seite

Contacto: info[a] vulcanusweb.de